domingo, 23 de junio de 2013

En memoria de Zenón Rumian, inche ñi l'aku yem...


En estas fechas siempre recuerdo a mi l’aku yem, que nació un 23 de junio de 1919 en Pangimapu, territorio Künko. Mi abuelo sin duda era una persona única, con un carisma bien particular, de un apretón de manos fuerte komo el metal de su yunque, escasas palabras, mala audición y una vista de ñamku que todo veía.

Era un sretrafü o herrero, peumafü y agricultor amante de su tierra... Creo que lo único que no compartía con él era su fe en el dios de los ka-mollfünche. Sin duda, él lo sabía, a pesar de que yo me esforzaba por simular estar de acuerdo con su religión. Sin embargo, en más de alguna oportunidad, sabiendo que conmigo no habría sintonía religiosa, dejó entrever la parte oculta de su espíritu... aquello que no con mucha frecuencia mostraba por ser un guía espiritual de las comunidades cristiano-católicas presentes en mi territorio: es así como me contaba de su pasado , de las historias de nuestra tierra... Lo primero que recuerdo es la versión del Tren Tren que me contó y su capacidad de anunciar terremotos.

Me contaba, por ejemplo, la vez que volviendo de noche se le apareció un duende (se me olvidó el nombre en Che Süngun) que lo hizo perder el camino a sólo unos metros de su casa. ¡Y kómo no recordar la vez que se quedó dormido encima de un árbol que botó, y despertó con un ngisre curioso que lo miraba a unos centímetros... Animalito que cuando mi l’aku se movió salió arrancando generando la risa y sorpresa de mi abuelo...

O como olvidar sus historias de chuequero (palitujo), que con sus hermanos fueron conocidos un tiempo por "mocheros".

¡Qué cantidad de historias!

Creo que en esos instantes su espíritu se liberaba por un momento, dándome de pasada una cantidad asombrosa de kimün.

Al final de sus días me contó un sueño que tuvo y con el cual me quiso dejar una misión. La cosa fue más o menos así:

Acabábamos de cenar en una de las grandes celebraciones familiares que solíamos realizar en Pualwe, yo estaba sentado a su lado y en la conversa (con algunas copitas de "lig pül'ko") me preguntó en español "¿Y usted ya conoce el idioma?".

En aquella época recién comenzaba a hacer el Che Süngun uno de los pilares de mi existencia, pero mi conocimiento era (y sigue siendo) mínimo.

Le respondí que muy poco. Mi respuesta, aunque era esperada por mi l’aku, ciertamente lo preocupaba. "Tiene que aprender", me dijo... y me contó un pequeño peuma que tuvo y que era más o menos así:

Ñi l’aku soñó que estaba en un lugar desolado, caminando sin rumbo... estaba perdido. En ese errante transitar de pronto se encontró con un perro negro, enorme, que con su sola presencia le provokó nerviosismo y sus "gruñidos" aterradores lo paralizaron de miedo... La situación se puso peor cuando el can se paró sobre sus patas traseras, viendose aún más atemorizante.

Viendo mi l’aku el inminente ataque del que supuestamente era un animal, se armó de valor y con voz firme le preguntó en Che Süngun: "¿Chen suam nimi eimi?", es decir, "¿Qué quiere usted?" (me tomó años acordarme de la expresión en Che Süngun).

Entonces el perro, le sonrió, se volvió a parar sobre sus cuatro patas y se fue corriendo... y mi abuelo despertó.
No sé cuanto tiempo pasó desde que tuvo el peuma hasta que me lo contó.

Una vez terminado el relato, seguramente nos habrán interrumpido y perdimos el hilo del nütramkan.

Con el tiempo, he llegado a la convicción de que mi l’aku pensaba que el Che Süngun es para nosotros como la "salvación" de los cristianos.

¿Pero la salvación de qué?

¿Acaso el saber y usar nuestra lengua va más allá de identificarnos y comunicarnos como Mapunche (como solía yo solía pensar)?

Puedo elaborar mil y una hipótesis, pero por el momento prefiero seguir aprendiedo el Che Süngun tal como me dejó encargado mi l’aku. Quizás algún día todo se revele, cuando nos volvamos a juntar nuevamente... Inche ñi l’aku anai.

Te extraño.

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